martes, 22 de septiembre de 2015

Los países primos.


En el Este de la capital del país de por allá, Alabama y él estaban tomando un té despistado. Al parecer tomaron la sal por confusión.
Golpeaba la mesa con la mandíbula, de tanta risa. Golopo pisaba fuerte el piso acompañando una carcajada en cámara lenta. Se veía el regocijo en las miradas, como si estuvieran unidos por una pequeña pincelada de un material similar al reflejo de un diamante solo perceptible con algo de picardía.
De fondo se oían truenos.
Galatea, ladraba, confundida. Gritos de alegría, golpes y un clima caldo y chicloso la rodeaban.
Desde la otra provincia del país primo (¿por qué considerarlos hermanos?, ¿Sólo por lindar?) estaban Angustio con Etiopía, llorando desconsolados bajo la gran estrella. Cicerón, su perro, dormía (francamente tenía que estar él aquí para lograr el justo desequilibrio).
Alabama tomaba whisky con Golopo. Ahora un par de copas, luego otras. La alegría quedó en veremos, cuando el cielo despejó y el alcohol perforó las mejillas de Alabama.
Angustio secó los ojos y propuso un brindis. La loca sacó la soda para no pasarse. Su experiencia le contaba al oído anécdotas de destrucción y resacas.
Cayó la estrella tirada por el gran satélite.
Angustio tomó el sifón y baño en risas la amarga situación.
Ahora dormía Galatea. La situación empeoró conforme los ojos de Golopo se acercaban al color carmín de su nariz. Alabama mató con la taza de té y propuso la última curda para su amado.  Con la primera gota colorada que brotó de su nariz él entendió todo.
Por los países húmedos la risa se transforma en llanto. Donde antes imperaba el dolor y la estrella, ahora la luna y las sonrisas, ganan por goleada.


                                                                                                            Luciano Ezequiel Cabrera

El reflejo del agua


Tres naranjas amordazadas. Una de ellas perdió la vida.
Cinco baldosas que a balazos se dividían.
Dos cajas viudas. Los flacos han muerto en batallas de besos.
Una botella a través de la cual se ve aquello que quedó.
Se deja ver ahí, cruda la muerte entre el agua y el barro.
Todo terminó ahí en ese vistazo. 

La vida sigue y la muerte pasó.

Luciano Ezequiel Cabrera

Los metros que los distancian


Que el ciego que no ve, mira con el alma
Que el sordo que no escucha toca con el aura
El mudo continúa la historia con el espíritu y la mirada.
Imagine ahora a dos ciegos que se baten a duelo en combate de esgrima inolvidable.
Nunca hay pasos hacia atrás, no ven si hay un fin.
Los floretes no se tocan, erran a metros.
Sacuden los bastones blancos, uno de ellos olvidó desplegarlo.
Corre el otro con ventaja si se acercan con violencia. Imagine usted el encuentro cual batalla a caballo de los caballeros de la Edad Media con los escudos, armaduras y largas lanzas. Si estos muchachos se abalanzaran claramente, el perdedor está cantado.
Nadie le avisa, el público es mudo, los miran y vibran con silencio absoluto.
Quisieran pararse y golpearlos ambos, pedir que se apuren o direccionarlos. Todos son gritos sordos para ciegos.
Los sordos tenían la entrada prohibida.
Piense ahora usted en un estrado de sordos y mudos. Unos queriendo explicarle gritando a otros que no responden, porque aunque pudieran no serían oídos. Los gritos cada vez serían más fuertes y terminaría por cortarse el espectáculo; los ciegos no podrían concentrarse por los gritos de los sordos a los mudos.
Imagine ahora usted que mientras yo desvarío contando todo esto los ciegos siguen a tientas.
El acercamiento se produce al fin… Suponga que han pasado sólo algunos momentos. Ambos están sumamente transpirados y cansados cuando el fin llega. El Hombre no vidente del bastón blanco extendido toca al fin algo sólido y vertical y se oye el sonido paradójicamente sordo de un cuerpo al caer. El árbitro de la disputa cae al suelo y el ciego del bastón replegado tira el último golpe al aire colisionando con el puño en la pálida mejilla de su contrincante.
El público ensordece. No puede pretender usted que un mudo enmudezca por claras razones.
Por supuesto, en la esgrima no se permiten los golpes con la mano y finalmente, de la gresca, sale victorioso el ciego del bastón prolongado.


                                                                Luciano Ezequiel Cabrera

viernes, 28 de junio de 2013

versos al arte cigarrero

Chispa que desencadena el incendio,
aquel donde se encuentra la alegría.
Calor versado, acogedor remedio. 

Encabalgamiento, recurso artístico 
amor por el cálido estado;
letras que representan lo anímico,
continua la historia del pasado.

En unos versos se representa, 
el calor de los signos lo abraza.
Poco a poco, de manera violenta;
se consume la inspiradora braza.

La chispa, la llama dorada
el arte que brota, alegremente,
logra así la sensación deseada.

Luciano Ezequiel Cabrera

domingo, 21 de octubre de 2012

Me harté

Dicen los que saben, claramente no entro en ese grupo, que las artes liberan.
Dicen que las artes, sin mucho saber de ellas, sin mucho esfuerzo de por medio, se transforman en innovaciones.
Dicen por ahí también, que arte, no es sinónimo de estética, sino sinónimo de creación.
Dicen de creación en relación a un atisbo de lucidez en el que un pobre tipo, que muchas veces muere de hambre, rompe las estructuras para crear con un par de lineas, letras, acordes una combinación nunca antes vista.
Dicen que es una combinación, es que al parecer ya todo se ha inventado en este campo.
Dicen que el que es capaz de reflejar con un lápiz,  un pincel, una cuerda o un movimiento acompañado del sonido que propina, uno fabrica nuevos mundos.
Dicen también aquellos que dicen saber, que el arte es un mero reflejo de lo que pasa en ciertas ocasiones en la sociedad que envuelve al que podríamos llamar "artista".
Yo digo, que todos somos artistas, que el arte es estética, que es desahogo, que es reflejo, es un mundo.
Digo, un mundo en el que uno podría, sin querer, nadar sin saber, en un mar de letras o acordes y por qué no pinceladas.
Dicen que un personaje creado por un escritor, no tiene salida de su historia, que realmente nunca mueren, que jamas olvida este ni una linea de lo que le toca decir y que aman, mueren, sufren y viven en proporción con la cantidad de veces que son llamados a la acción.
Muchos también dicen que si el arte impacta en un observador, u oyente es muy difícil que éste olvide su existencia.
Dicen que no hay placer mayor que ver  un armonioso movimiento de una danza, que con él puede uno volar durante escasos segundos o quizás horas con su recuerdo.
Digo que en todas las cosas que nos rodean existe el arte, que lo que un hombre elabora con su manos, esta cargado de emociones, que hacen que uno pueda anexar a su trabajo el hermoso adjetivo "artesanía".
Y dije artesanía, porque cuando uno habla de artesanía esta hablando del arte-sano y cuando un piensa en arte-sano, así descompuesto,  llega a la conclusión de que  el arte cura y reconforta el alma.




Luciano Ezequiel Cabrera

miércoles, 10 de octubre de 2012

Intrincada caída

Y en un momento de desahogo brincó. Un condenado salto que lo llevó directo a su antiguo agujero. Para no ver más la realidad pasada que se vé reflejada en la otra persona. 
En la intimidad de su caída, sus ideas se peleaban, entrelazadas, amordazadas. Las suyas, y las recibidas de la que hoy portaba su pasado.Se veía ahí en esas palabras, en esas ideas.
No era capaz  ni quería privar al otro de lo que fue necesario para él; una soledad entre seres queridos, sin uno definido. 
La necesidad de sentir que uno tiene todo, que se tiene a uno. 
La necesidad de sentirse, con uno mismo, muy bien acompañado.
Saber y poder relatar todo lo que va a ocurrir. 
Sentirse ultrajado por no coincidir nuevamente en sus momentos.
Ver su pasado ahí todo integro, reflejado en ella, y a la vez saber que no es su pasado sino su presente que se regocija sonriendo de ver que a los golpes se crece. 
Su reflejo no va a regalarle ni compartir su "nuevo" futuro con él. Quizás no, no hasta que haya pasado un tiempo en que las cosas se emparejen y su pasado se vuelva presente y con las cosas así, alineadas se crucen nuevamente sus caminos. 


Luciano Ezequiel Cabrera

domingo, 5 de febrero de 2012

Contrapicado

En el atardecer de un día poco húmedo pegaba una seca al cigarrillo, y sollozaba escasas gotas de sus ojos casi secos. Ante la situación comprometedora que había pasado la tarde anterior, decidió encontrar una solución a la problemática existencial que lo acongojaba. Pensando en su estado se imagino como un vagabundo trepidante, echado en la mano izquierda de una vereda confusa. Se sentía un foráneo en su tierra pero no encontraba palabras para amalgamar el dolor que había sentido la otra persona. Su tes le temblaba y cambiaba en continuidad, lo cual asustaba un poco a la gente que algo lejos pasaba de su posición.
Su miedo menos aterrador lo rodeaba y le hacía sentir el rigor de ser el de menor categoría. Sentía que todas sus miradas se posaban sobre él, se sentía un arácnido, se veía desde distinto planos, picado, contrapicado, lo alteraba cuando el primerísimo primer plano lo sorprendía de repente como colisionando contra él. Se sintió estúpido, por momentos amorfo, y de momentos no sentía.
Se vió en un rincón, en una esquina inversa que doblaba hacia adentro, en un fin de calle. Se confundía entre las bolsas de basura, se camuflaba entre los perros enfermos y perezosos. Su cabeza se tambaleaba, dolía, se tambaleaba mientras dolía, y sabiendo que el tambaleo le provocaba el jaquecoso malestar no podía dejar de hacer esos movimientos tan involuntarios y placenteros.
El tiempo pasaba lentamente en las carne y hueso. Quizás retrocedía, la idea de lo subjetivo, de todo lo que lo rodeaba le causaba gracia y pensar que cualquier cosa dicha por un sujeto de alta estirpe sin ser comprobada podía ser tomada como parte de la realidad. Pensó en crear un espeltesorio de madera y confundir a la gente con esa idea de poder transformarlo a bronce y lograr la perfección.
Como desarmado ante Goliat algo lo golpeó de pasada. Su situación lo llamaba lo traía nuevamente a la realidad; otra vez esa voz, ultima seca y a la casa, a resolver los inconvenientes que tan poco le molestaban pero lo rodeaban y recordó que así es la vida.


CABRERA, Luciano Ezequiel